Todo empezó una tarde en casa
Todo empezó una tarde en casa de mi madre.
Ella hacía galletas de mantequilla mientras mi padre jugaba con Mía, mi bebé. Yo siempre he sido de las que se atreven con todo en la cocina, y ese día me fui a casa con una pregunta en la cabeza: "¿Cómo puede ser que nunca haya hecho galletas?".
Empecé a buscar recetas y encontré las cookies estilo Nueva York: grandes, gruesas y con el centro suave. Decidí que quería aprender a hacerlas.
Las primeras no salieron bien. Las segundas... tampoco demasiado. Pero seguí intentándolo.
Horneada tras horneada, cambiando ingredientes, ajustando gramos, probando temperaturas y tiempos distintos. Mis amigas empezaron a probarlas y un día me dijeron: "Tía, véndelas." Me reí... pero la idea se quedó conmigo.
Se lo comenté a mi pareja y me respondió algo que nunca olvidaré: "Hágale mami. Usted lo que se propone lo consigue."
Así que seguí probando hasta que apareció la receta que estaba buscando.
Durante todo ese proceso siempre había alguien conmigo: Mía, mi bebé. Tenía solo tres meses cuando empecé. Ninguna masa se hizo sin parar para cogerla en brazos, jugar con ella o darle el pecho.
Por eso estas cookies llevan su nombre. Porque más que mías, son suyas.
Las Cookies de Mía nacen entre pruebas, tomas de pecho y pausas para calmar a un bebé... y están hechas con amor de mamá.